AGUAS MARINAS, ACUARELAS Y ESTELAS DE NAVEGANTES   TO SEA AND NOT TO SEE   ¡Disculpen   el   anglicismo!   Fue   una   ocurrencia   de   última   hora   y   ¡no   pude   resistir   la tentación de aprovechar lo Shakespeariano , que —a fin de cuentas— ¡lo resume todo! Dejé   el   título   original   a   trasluz   (metáfora   de   quien   divisa   la   costa   en   el   ondulante horizonte   marino)   por   habérmelo   inspirado   el   castizo   Antonio   Machado ,   que   tan   sabio era en eso de las huellas y de las estelas de nuestros andares.  Es   que,   por   excéntrica,   ¡soy   extravagante!:   literal   y   figurativamente   extra- vagante ;   y para   colmo   ¡tiendo   a   divagar!   Por   eso   es   que,   entre   el   chispazo   de   la   ocurrencia   y   la compleción   de   cada   cuento,   me   distraigo   en   propia   holgura   y   me   es   difícil   no   desviarme con mariposas, causas imposibles o llantos de sirenas. A   quien   “se   atreva”   a   zarpar   conmigo   ¡le   extiendo   mi   más   cordial   bienvenida   a   bordo! Advertencia    hecha    de    que,    en    el    oleaje    de    mi    narrar,    soy    lírica    boya;    por    lo    que ¡flotaremos!,   ¡irremediablemente!      —y   ¡toda   resistencia   será   en   vano!   —   entre   acuarelas de añoranzas y aterciopelados azules de mis nostalgias. Hay    quienes    opinan    que    dramatizo    romances    —y    romantizo    el    drama—    de    una melancolía endógena. Mi lema poético tiende a ser:   “Todo tiempo pasado (¡como que sí!) fue mejor”.   ¿Falacia?   ¡Claro   que   sí!   Pero,   romántica   al   fin,   me   pregunto:   ¿quien   juzga   al   pasado?   y ¿¡para qué!? En   tiempos   de   piratas   y   sus   saqueos,   ante   toda   esa   vileza   e   impunidad,   no   podemos   sino añorar futuribles… Y entonces… ¡divago! Y   veo   a   La   Niña,    viento   en   vela.   Y   Carabelas   de   esperanza.   Y   veo,   en   Cristóbal,   la añoranza.   Y   los   traspiés   de   su   Conquista.   Pero   también   veo   al   poeta   en   las   promesas.   Y veo   un   bautismo   en   el   sufijo:   ¡ cicciolina   veneziana!   Chiquitica   y   ¡ya   imitando   tierra   y sombra de Venecia! Aspirante a neo-civismo, debutando en catequismo y rumbo a la modernidad. Veo    tu    norte    ¡caribeño!    en    abiertos    soles    tropicales    y    unas    manos    extendidas    a    la Posibilidad. Y entonces… ¡lloro!   Lloro por mi Niña ¡la nuestra! ¡la del “antes”! ¡aquél  botón de las promesas!   ¡Mozuela! ¡Sirena! Con canto de anzuelo un grito y un rezo: ¡Ven, ven! ¡¡¡Ven, es Zuela!!!”   ¡Y aciertas!  Porque… ¡¡¡es cierto!!!: ¡es femenino tu –zuelo! es sufijo de la tierra un llamado de las zetas de Esperanza y de ¡Certeza! que dan meta al navegar.   Y entonces… ¡canto!, por la Ve-la en Venezuela…   Quiero ver tu vela: ¡abierta al viento!; y quiero ver tu popa en ¡buen! oleaje… que esta cruel borrasca diera aliento para reemprender el Primer Viaje.   Pecando   de   arrogante,   quizás   me   las   he   dado   de   poeta.   Dios   sabe   cuánto   quisiera   serlo; porque   ¡nada!   hiende   al   mar   como   el   poeta.   Ni   nadie   surca   ponto   a   mejor   pluma.   Sólo   él quieta al vórtice con glosa y hace del pairar la mejor vela. Soberbia,   he   aspirado   a   almirantazgo;   mas   hoy,   en   humildad,   soy   aprendiz   de   marinero. Un   ensayo   de   Rodrigo   de   Triana.    Y   mi   grito   desde   el   mástil   quiere   aclamar   la   llanura   de mi alma en una Niña  colonial. Garzo es el mirar del espejismo del azul en la marea:   “Azul que, del azul del cielo, emana…”   Y   entonces…   ¡escribí   una   carta!   Y   la   dirigí   a   la   Niña,   musa   de   la   zeta   de   mi   certeza   y   de mi extravagante vagar: Mi Niña, Quiero que tu corazón lata en rompeolas y que, en vorágine, el mistral traduzca: “¡¡¡Vive, pequeña… ¡¡Vive!!!” Que   te   saque   del   sopor   de   mansedumbres   y   te   enrumbe   con   visión   de   buena proa. Y    te    prometa    ¡promesas!    Promesas    de    esas    buenas ,    de    las    que    se    irán cumpliendo ¡ciertas!, de un hoy en hoy, en hoy, en hoy, en hoy, en hoy… Un eco… El ¡del oleaje!, cantor de tus aventuras. Oleaje   que,   quiero,   te   susurre   del   sosiego   del   arribo.   Que   te   arrulle   en   canto   hasta en    tus    sueños,    desde    el    babor    de    tu    ocaso    hasta    el    estribor    de    tus    timones amanecidos.   Y   que   tus   amaneceres,   rociados   de   espumas-salitre,   te   humecten   de ánimo. Pues húmedo es el suspiro de la esperanza fértil y de La Bondad. Y quiero, pequeña, ¡que crezcas! Y te ensanches. Y   te   estires   en   prolongaciones   ávidas   de   turquesas,   para   que   alcances   la   plenitud en el índigo del horizonte. ¡Que   seas!   Más   que   nada   ¡quiero   que   seas   tú   misma:   de   cuerpo   ¡y   de   alma!:   ¡Que seas! Alma llana. Alma   abierta,   salvando   el   límite   en   la   vela,   que   se   inflará   de   ti   hasta   confundirse con el color de la buena intención: Azul. Azul de los suspiros de poetas : “Azul   que, del azul marino, emana…” Que   en   tu   Tiempo   haya   asueto-muelle;   que   el   ociar   sea   ingenuo   y   el   vagar   sea alegre; y a la Niña vuelvas: risueña; porque sonríes mientras sueñas. Que   tu   nave   sea   ¡impermeable!   Azul.   Desafiante   e   irreverente   a   la   tirana   cellisca de la maldad. Que   tu   oír   sea   de   sirenas   en   canto-encanto:   el   cantar   del   buen    himno,   el   himno del    amor    por    el    hijo    en    el    regazo;    una    romanza    de    arrullo    que    (antes)    nos calmaba   ¡a   todos!:   duérmete   mi   niña,   que   tengo   que   hacer…”    Duérmete,   sí, pero, ¡duérmete en el muelle azul de novenas sinfonías! Y   cuando   despiertes,   quiero   que   tu   agenda   se   te   llene   con   un   coser   y   bordar,   de hilos   en   encajes,   brocados   en   bondades,   del   color   de   los   tapices   de   los   verdaderos deseos;   deseos   que   estamparás,   a   pulso,   a   puño   y   letra,   en   firme   y   orgullosa signatura. Aval de la ondulante escena sellando tus postales-pensamientos. Postales. Pasteles    de    acuarelas.    Sin    sobre-disimulo.    Postales    abiertas.    Un    fondo    azul marino.   Postales   enviadas   desde   el   mástil   de   La   Verdad.   Pues   Azul   es   el   regalo desinteresado   y   espontáneo.   Azul   es   la   distancia   y   azul   es   lo   cercano.   Azul   como el saludo, el SOS, y La Post-data del abrazo. Azul   sin   dirección,   pero   sí   metas:   a   lugares   que   concilien   geografías   y   adonde (¿quizás?)   lleguen   ¡intactas!   (las   postales)   pues,   quizás,   en   el   azul   de   los   “a   veces”     no se pierden en azules las postales… Y es que ¡todos perdemos!, si perdemos El azul del Horizonte. Y   entonces,…   ¡sale   Hamlet!,   de   mis   propias   entrañas;   y   con   él,   el   lamento:   ¡cuánto   amor   del remitente y cuánto verde se ha perdido en la esperanza!  Y entonces… me pregunto: ¿y si se enviaran…? ¿¡Y si llegaran!…? Cada postal diría lo mismo. Y, sin embargo y entre líneas: ¡ tanto  más! Y entonces… ¡cierro!: Torrente   en   maremoto,   mis   vocablos   quedarán   sin   pronunciar.   Disparates   y   verdades   susurradas en   el   Siroco,   se   hundirán,   se   difuminarán,   se   diluirán   gota   por   gota,   mensaje   en   la   botella,   perdido en   el   húmedo   salar   de   una   lágrima   de   marino:   de   marino   ¡marinero!   Vértigo   de   azules.   Anémico de tintas desangradas de una musa-sirena que, en su naufragio, es vaga al divagar.         jazmin@iturrima.com
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AGUAS MARINAS, ACUARELAS Y ESTELAS DE NAVEGANTES   TO SEA AND NOT TO SEE   ¡Disculpen    el    anglicismo!    Fue    una ocurrencia   de   última   hora   y   ¡no   pude resistir   la   tentación   de   aprovechar   lo Shakespeariano ,     que     —a     fin     de cuentas— ¡lo resume todo! Dejé     el     título     original     a     trasluz (metáfora   de   quien   divisa   la   costa   en el    ondulante    horizonte    marino)    por habérmelo      inspirado      el      castizo Antonio   Machado ,   que   tan   sabio   era en   eso   de   las   huellas   y   de   las   estelas de nuestros andares.  Es       que,       por       excéntrica,       ¡soy extravagante!:               literal               y figurativamente      extra- vagante ;      y para   colmo   ¡tiendo   a   divagar!   Por   eso es     que,     entre     el     chispazo     de     la ocurrencia   y   la   compleción   de   cada cuento,      me      distraigo      en      propia holgura   y   me   es   difícil   no   desviarme con   mariposas,   causas   imposibles   o llantos de sirenas. A   quien   “se   atreva”   a   zarpar   conmigo ¡le       extiendo       mi       más       cordial bienvenida     a     bordo!     Advertencia hecha    de    que,    en    el    oleaje    de    mi narrar,    soy    lírica    boya;    por    lo    que ¡flotaremos!,         ¡irremediablemente!           —y   ¡toda   resistencia   será   en   vano!   entre      acuarelas      de      añoranzas      y aterciopelados        azules        de        mis nostalgias. Hay    quienes    opinan    que    dramatizo romances   —y   romantizo   el   drama— de     una     melancolía     endógena.     Mi lema poético tiende a ser:   “Todo   tiempo   pasado   (¡como   que   sí!) fue mejor”.   ¿Falacia?      ¡Claro      que      sí!      Pero, romántica   al   fin,   me   pregunto:   ¿quien juzga al pasado? y ¿¡para qué!? En   tiempos   de   piratas   y   sus   saqueos, ante   toda   esa   vileza   e   impunidad,   no podemos sino añorar futuribles… Y entonces… ¡divago! Y   veo   a   La   Niña,    viento   en   vela.   Y Carabelas    de    esperanza.    Y    veo,    en Cristóbal,   la   añoranza.   Y   los   traspiés de   su   Conquista.   Pero   también   veo   al poeta    en    las    promesas.    Y    veo    un bautismo     en     el     sufijo:     ¡ cicciolina veneziana!   Chiquitica   y   ¡ya   imitando tierra y sombra de Venecia! Aspirante   a   neo-civismo,   debutando en      catequismo      y      rumbo      a      la modernidad. Veo   tu   norte   ¡caribeño!   en   abiertos soles      tropicales      y      unas      manos extendidas a la Posibilidad. Y entonces… ¡lloro!   Lloro por mi Niña ¡la nuestra! ¡la del “antes”! ¡aquél  botón de las promesas!   ¡Mozuela! ¡Sirena! Con canto de anzuelo un grito y un rezo: ¡Ven, ven! ¡¡¡Ven, es Zuela!!!”   ¡Y aciertas!  Porque… ¡¡¡es cierto!!!: ¡es femenino tu –zuelo! es sufijo de la tierra un llamado de las zetas de Esperanza y de ¡Certeza! que dan meta al navegar.   Y   entonces…   ¡canto!,   por   la   Ve-la   en Venezuela…   Quiero   ver   tu   vela:   ¡abierta   al   viento!; y quiero ver tu popa en ¡buen! oleaje… que esta cruel borrasca diera aliento para reemprender el Primer Viaje.   Pecando   de   arrogante,   quizás   me   las he   dado   de   poeta.   Dios   sabe   cuánto quisiera   serlo;   porque   ¡nada!   hiende al   mar   como   el   poeta.   Ni   nadie   surca ponto   a   mejor   pluma.   Sólo   él   quieta al   vórtice   con   glosa   y   hace   del   pairar la mejor vela. Soberbia,   he   aspirado   a   almirantazgo; mas   hoy,   en   humildad,   soy   aprendiz de   marinero.   Un   ensayo   de   Rodrigo de   Triana.    Y   mi   grito   desde   el   mástil quiere   aclamar   la   llanura   de   mi   alma en una Niña  colonial. Garzo   es   el   mirar   del   espejismo   del azul en la marea:   “Azul     que,     del     azul     del     cielo, emana…”   Y   entonces…   ¡escribí   una   carta!   Y   la dirigí   a   la   Niña,   musa   de   la   zeta   de   mi certeza y de mi extravagante vagar: Mi Niña, Quiero    que    tu    corazón    lata    en rompeolas   y   que,   en   vorágine,   el mistral traduzca: “¡¡¡Vive, pequeña… ¡¡Vive!!!” Que      te      saque      del      sopor      de mansedumbres   y   te   enrumbe   con visión de buena proa. Y         te         prometa         ¡promesas! Promesas   de   esas   buenas ,   de   las que   se   irán   cumpliendo   ¡ciertas!, de   un   hoy   en   hoy,   en   hoy,   en   hoy, en hoy, en hoy… Un eco… El     ¡del     oleaje!,     cantor     de     tus aventuras. Oleaje   que,   quiero,   te   susurre   del sosiego   del   arribo.   Que   te   arrulle en    canto    hasta    en    tus    sueños, desde   el   babor   de   tu   ocaso   hasta   el estribor         de         tus         timones amanecidos.          Y          que          tus amaneceres,            rociados            de espumas-salitre,    te    humecten    de ánimo.   Pues   húmedo   es   el   suspiro de    la    esperanza    fértil    y    de    La Bondad. Y quiero, pequeña, ¡que crezcas! Y te ensanches. Y     te     estires     en     prolongaciones ávidas     de     turquesas,     para     que alcances   la   plenitud   en   el   índigo del horizonte. ¡Que   seas!   Más   que   nada   ¡quiero que   seas   tú   misma:   de   cuerpo   ¡y de alma!: ¡Que seas! Alma llana. Alma    abierta,    salvando    el    límite en    la    vela,    que    se    inflará    de    ti hasta   confundirse   con   el   color   de la buena intención: Azul. Azul    de    los    suspiros    de    poetas : “Azul       que,      del      azul      marino, emana…” Que    en    tu    Tiempo    haya    asueto- muelle;   que   el   ociar   sea   ingenuo   y el    vagar    sea    alegre;    y    a    la    Niña vuelvas:    risueña;    porque    sonríes mientras sueñas. Que    tu    nave    sea    ¡impermeable! Azul.   Desafiante   e   irreverente   a   la tirana cellisca de la maldad. Que   tu   oír   sea   de   sirenas   en   canto- encanto:      el      cantar      del      buen   himno,   el   himno   del   amor   por   el hijo   en   el   regazo;   una   romanza   de arrullo   que   (antes)   nos   calmaba   ¡a todos!:    duérmete    mi    niña,    que tengo   que   hacer…”    Duérmete,   sí, pero,   ¡duérmete   en   el   muelle   azul de novenas sinfonías! Y    cuando    despiertes,    quiero    que tu   agenda   se   te   llene   con   un   coser y     bordar,     de     hilos     en     encajes, brocados    en    bondades,    del    color de    los    tapices    de    los    verdaderos deseos;   deseos   que   estamparás,   a pulso,   a   puño   y   letra,   en   firme   y orgullosa    signatura.    Aval    de    la ondulante     escena     sellando     tus postales-pensamientos. Postales. Pasteles   de   acuarelas.   Sin   sobre- disimulo.     Postales     abiertas.     Un fondo       azul       marino.       Postales enviadas    desde    el    mástil    de    La Verdad.    Pues    Azul    es    el    regalo desinteresado   y   espontáneo.   Azul es   la   distancia   y   azul   es   lo   cercano. Azul   como   el   saludo,   el   SOS,   y   La Post-data del abrazo. Azul   sin   dirección,   pero   sí   metas: a   lugares   que   concilien   geografías y       adonde       (¿quizás?)       lleguen ¡intactas!      (las      postales)      pues, quizás,   en   el   azul   de   los   “a   veces”     no     se     pierden     en     azules     las postales… Y    es    que    ¡todos    perdemos!,    si perdemos El azul del Horizonte. Y    entonces,…    ¡sale    Hamlet!,    de    mis propias   entrañas;   y   con   él,   el   lamento: ¡cuánto    amor    del    remitente    y    cuánto verde se ha perdido en la esperanza!  Y    entonces…    me    pregunto:    ¿y    si    se enviaran…? ¿¡Y si llegaran!…? Cada    postal    diría    lo    mismo.    Y,    sin embargo y entre líneas: ¡ tanto  más! Y entonces… ¡cierro!: Torrente    en    maremoto,    mis    vocablos quedarán    sin    pronunciar.    Disparates    y verdades    susurradas    en    el    Siroco,    se hundirán,    se    difuminarán,    se    diluirán gota    por    gota,    mensaje    en    la    botella, perdido    en    el    húmedo    salar    de    una lágrima   de   marino:   de   marino   ¡marinero! Vértigo    de    azules.    Anémico    de    tintas desangradas   de   una   musa-sirena   que,   en su naufragio, es vaga al divagar.         jazmin@iturrima.com
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