Navidad en sinónimos Sinfonía de luz a 4 tiempos Lo más difícil de esta historia es comenzarla. ¿Cómo?, ¿Dónde? ¿¿¡Cuándo!?? El   “¿Porqué?”   ¡¡¡lo   he   intuido   siempre!!!,   mientras   que   el   “¿Para   qué?”   dependerá   un   poco de ti. Bastaría   una   frase.   Y   ni   siquiera   es   una   frase:   son   solo   dos   palabras   –   y   para   mi   ¡siempre irán   juntas!–   :   compañeras   de   candidez   y   buen   humor,   del   mismo   modo   que   Feliz   y Navidad son inseparables en Diciembre. Dos   palabras,   que   no   voy   a   revelar   sin   que   antes   me   prometas   que,   al   leerlas,   le   añadirás   luz de   su    chispa,   porque   es   solo    en   la   deliciosa   alegría   de   quien   las   pronuncia   que   se   halla   el feliz cuento de hoy. Dos   palabras.   Podrían   perfectamente   sustituir   a   “¡Feliz   Navidad!”   pero   ¡mejor   aún!,   pues   se aplican   indistintamente   a   cumpleaños,   bodas,   graduaciones,   arañas,   matacaballos,   cotejos, avispas,  zancudos …. ¡Ah! ¡Familia! ¡Celebración vital al fin! Solo   dos   palabras…   y   con   ellas:   ¡todo!   lo   bueno   de   ser.   Solo   dos   palabras   y   entre   ellas   todo lo    bueno    del    estar.    Y    ¡ todo     lo    del    medio!,    eso     inefable    que    hay    en    el    aire    de    todo ¡preciosísimo!    momento    del    compartir    y    que    no    cambiaríamos    ¡jamás!    por    nada    del mundo… Dos palabras y una voz: ¡Arroz chino! Si   te   hicieron   sonreír   ¡valen!   Si   te   pusieron   sentimental,   ¡valen   más   aún!   Si   te   dieron hambre: ¡buen provecho! Si te causaron curiosidad, sigue leyendo…. Primer tiempo: Diana Mercedes Mi   bellísima   hermana,   la   del   bellísimo   nombre.   Inextricable   del   cuento   de   hoy,   por   ser inseparable del de mi vida (cual chino de su arroz) . Dianita,   “chinita”   (¿o   “japonesita”?),   consentida   de   tu   padrino-abuelo:   das   preámbulo   a   esta historia   pues      –   como   eres   todo   un   año   y   medio    menor   que   yo   (casi   19   meses,   para   ser   más precisos) –  mi contar comienza un año y siete meses más cerca de todo. Un sinónimo. ¡Jazmín y Diana! ¡Jamás   dijo   “Diana   y   Jazmín”!,   pues   este   es   el   típico   caso   donde   el   orden   de   los   arroces,   ¡sí altera la historia! Jazmín y Diana… Un   contraste   de   contraltos   en   dueto   que   da,   en   ¡cuatro   lustros!   de   dormitorio   compartido: obligada camaradería y entrañable complicidad. Claro   que   la   autoría   intelectual   del   delito   siempre   fue   mía   y   ¡vaya   cómplice   que   me   gasté!   y cuán   insufribles   (para   ti,   Diana)   como   insaciables   (para   mí,   Minci)   aquellos   inagotables cuestionamientos mafaldianos. Cosas veréis…. ¡Y   ya,   muy   pronto,   las   veríamos!:   cómo      –   dando   en   la   diana   de   la   merced   –      no   hay   como tú, Diana Mercedes, para salir galardonada de cada cuento. Y en revancha d'Artagnana, tu as de espada, verde-grama: ¡Come flechas! ¡y manzanas de odiseas Kawasakianas! ¡Ah    buena    vaina!    (ser    “el    segundo”).    La    seguidilla.    “Tonto”    compañero    de    auto- proclamado   llanero   solitario…      Pero   es   que,   sin   Tonto    no   hay   aventura   que   contar   ¿verdad, Sancho?   Hi   oh   Silver!,   y   eso   que   yo   siempre   creí   que   el   indio   era   “Toro”   y   no   “Tonto”… pero es que esas traducciones y los dialectos de la época, mijita, ¡dejan mucho que desear! ¡¡¡Jazmín   y   Diana!!!      Era   una   orden.   Una   orden   ¡y   en   ese    orden!   Y   yo,   creyéndome   gavilán, secuestré   tus   sombras   del   andar,   luciéndome   central   en   verbal   destreza,   malacrianzas   y caprichos de primogénita durante todo un año y medio (casi 19 meses para ser precisos). Abuelita ¿le puyo el ojo? Golosa japonesita de abuelo consentidor Complaciente y obediente, zalamera y siempre anuente lucirás en estrabismo ante púgil orador. Sí… eran tiempos de metamorfosis, gasas antes de la revelación. ¡Ah, qué mundo tan ¡¡¡real!!! con princesa ¡medieval! Que, con alas de amarillas mariposas, va a volar… Y   llegará   la   hora,   en   cronometrías   de   Oriflama,   en   que   un   espejito-espejito   anunciará   ¡en propio sol!, la nueva estrella. Zapatillas de cristal que, en tu bolsillo, atesoraras, – tan paciente cuan callada –  e irreverente al rencor… En bandera de oro inflamas, a espejitos de la fama, a que te confirmen, Diana: la noticia de furor. Y   la   más   bella   del   baile.   Impactando   en   tu   debut,   nos   dejaste   boquiabiertos   a   todos.   Rostro y   voz   de   quien   corrobora   opiniones   de   CAP ital   importancia.   ¡Te   botaste,   Diana!   sueños   de princesa   spenceriana ,   dieron   coronación   de   ¡Reina!,   duplicando   tu   belleza   con   regente timbre de la comunicación. Dos palabras: Diana ¡Iturriza! “La” ¡Noticia! Ah   mundo   ¡real!   en   el   que      –   con   avidez   de   sinonimias   –      se   le   busca   dar   sentido   a añoranzas de simplicidad. Mundo ¡ideal!, que irá dando más y más vueltas…. Amarillo   el   pajarillo   y   mariposas   de   Macondo   atraviesan   por   La   Mancha   en   Rocinante cabalgar.    Y    en    genética    de    azúcar,    vas    cumpliendo    ("esclava"    Isaura)    los    deberes    de Panchito con narrares Mandefuás. Marca   Registrada:   tragicómicos   SOS   de   exámenes   de   dibujo   y   una   innovadora   técnica   de educación   por   osmosis ,   dieron   el   manual   de   cómo   enriquecer   neuronas,   refugiando   la cabeza   bajo   el   peso   de   volúmenes   del   saber …   ¡a   media   luz   ¡y   haciéndote   la   “bizca- gorda”!! ¡Touché, d'Artagnan! ¡Arroz   chino,   Diana!   Pues   con   todo   tu   año   y   medio    (¡19   meses!)   de   menor   edad,   tus   alas   te dieron   la   delantera   y   te   vi   volar   de   largo,   liberada,   aventajada   en   tolerancia,   diplomacia, paciencia   y   esperanza.   No   hay   como   tú,   Diana,   para   salir   ¡coronada!   de   cualquier   evento, pues tienes ese don de preservar, en alas, tu ángel. Para   la   Diana   de   ahora   (con   años   luz   de   vuelo),   en   epístolas   de   este   mundo   nuevo,   el   de   la comunicación social “instantánea”, donde ya nadie se habla “de verdad”…. Y será por eso que (quizás) no conozcas este cuento. Arroz chino, Diana… Es   sinonimia   de   un   exaltado   prorrumpir   metafórico:   Un   estallido   de   amor   en   el   recuerdo. Es   ¡luz!   repentina,   transformando   la   cara   de   quien   exclama   y   es   el   regalo   de   lo   intangible, genuinamente contagioso y alegre en la sonrisa producida. Cual candidez… ¡es Navidad! “¡Arrooooz chino!” , cantó al entrar…. Y con ello lo llevaré grabado, ¡feliz! y por siempre, cantando ¡tantas cosas más!: ¡Feliz Navidad!, ¡Feliz Año! ¡Merri críjmas! ¡Feliz día! ¡Feliz santo! ¡y cumpleaños! Soy feliz ¡¡¡y no hay tu tía!!! ¡Feliz “gracias”! ¡Feliz “siempre”! ¡Feliz “todo”! ¡Feliz yo! ¡¡Oh, ¡feliz-feliz! momento!! ¡¡Mira, Anita: ¡ya llegó!! ¡Feliz tiempo de visita! Feliz quien te recibió… Cuéntame mientras descansas, si tu viaje te cansó… ¡Cuánta gracia hay en tus cuentos!, con tus chistes soy feliz Y es que, aunque te pongas brava… ¡me da risa tu nariz! Es “te quiero”  Es ¡de nada! ¡Bienvenida a conversar! Es ¡qué bueno y divertido! que viniste a celebrar ¡Aquí estamos! ¡Qué divino! ¿Tienen hambre? ¡Sí señor! …y entre chistes “a lo chino” ¡un pelnil dio al ganador! La cuarta en llegar Para   Carmen   Evelia,   mi   hermana   menor,   tan   menor   que   me   confundió   en   maternidad.   Tan involuntariamente distante como intensamente presente en toda su dolorosa ausencia. Fortuita con tu nacer. Bendita por el instante. Atino por ocurrencia y coincidencia del llamar. Supliste, en nombre, un vacío; y en sílabas de su hermana Llenarás como era “ella”: ¡Bella!, con B del amar. Baby-Carmen.   Metáfora   del   ciclo   de   la   vida   en   tu   nacer.   Melancólica   la   desnudez   de Octubre en el que arribas, cuando el llanto es ocre y las hojas sabias. Floreciendo    en    primavera,    te    grabarás    ¡joven    para    siempre!,    en    un    deleite    retratado: ¡inhalando   margaritas!   y   con   ello,   sempiterna,   nos   devuelves   a   la   vida   aquél   jardín   de Golders Green. Interludio en la obertura. Y trasfondo que apacigua. Un reconciliar familia ¡en tan lejano lugar! Esperanza es el intento que deroga riña antigua para prevenir lamentos de otro ciego aterrizar. Melancólica es mi pluma, pues parcial es tu silencio y da ¡enteramente cierto! mi gemir-fraternidad. Desgarrada por el centro, dividida en medio-oíres… ¡media vida!, en que perdieras ¡mucho más que la mitad! Para    ti    Carmen    Evelia,    que    inhalando    primorosas    margaritas,    enraizaste    madurez    en Margarita.   Metafórica   y   bendita   es   toda   elíptica   que   nos   trasporta   (búmeran   de   la   aventura vital) a nuestros propios inicios. Para   ti,   con   navideño   nutrir   té      de   “uno   que   otro   sorbito”   que   tuviste   que   dejar   de   lado   en   tu alterno recorrer. Querida Baby, Una   vez,   en   los   felices   “primeritos”   inicios   de   los   ´80,   en   la   más   especial   de   las   Navidades que yo recuerde, le llegó un regalo. Fue   ¡un   pernil!    Extraordinario.   Inmenso,   al   punto   de   la   exageración   ¡y   más   allá!   (parecían cosas   mías).   Presentado   en   impactante   bandeja   con   decoración   festiva.   Recibido   en   alegoría de quien no lo espera, pero cosecha ¡y disfruta! con creces lo que siembra. Fue   la   tarde   de   una   Nochebuena.   Escuché   el   timbre   de   la   puerta.   No   me   lo   vas   a   creer,   pero no   me   acuerdo   cómo   sonaba   ese   timbre.   ¡Ese   timbre   que   tanto   toqué   y   que   le   dio   música   a mis llegadas! La puerta de su casa Esa   sí   la   recuerdo.   Bien   marcada   con   siglas   que   hoy   en   día   traducen   poesía:   lo   B en D ito   de su hogar junto con ¡tu número preferido, Baby! (de por medio): B7D. Ese   día,   en   un   abrir   y   cerrar   de   puertas,   se   materializó   el   chispazo   de   la   sorpresa   de   un atinado regalo-alimento, en una fabulosa sonrisa navideña. Perfumado,    tan    delicado    en    condimento    como    tierno    en    su    textura,    horneado    en    la intensidad   de   los   fogones   del   aprecio   en   reciprocidad   y   entregado   con   el   detalle   personal   de un alma revitalizada, en gratitud. “La Navidad de El Pernil” ¡Sí,   ya   sé:   un   pernil   no   es   arroz   chino!,   pero   tampoco   se   distingue   metafóricamente   de   él, porque   es   tan   solo   un   sinónimo   (de   los   que   le   gustan   a   Diana)   de   la   luz   y   la   sonrisa   (¡que   es mi  arroz chino!), y que es a la vez el mero pigmento-condimento de escritora. Pues ¡Arroz chino! es algo así como “¡Mira lo que llegó!” o  – como pasará a la historia – : ¡Qué Feliz Navidad, aquella Navidad de aquél pernil! ¡¡Oh, ¡feliz-feliz! momento!!.... Porque   ¿sabes   Baby?   en   esa    tarde   de   esa    Nochebuena   de   esa    Navidad   en   la   que   felizmente coincidí   con   la   llegada      de   ese    manjar,   el   mundo   era   bueno   y   la   felicidad   era   la   convicción de haber llegado donde realmente eras bienvenida. A continuación…. Para   Luisito,   el   vástago,   dotado   del   arte   de   sacar   de   las   casillas,   quien   también   supo      –   en un   inefable   momento   de   tierna   parvulez   –   ,   causarle   la   más   prolongada   e   iluminada   de   todas sus sonrisas. ¡La verdadera chithpa! Tercer tiempo : “Güethito” Así    se    pronuncia:    ¡¡¡sin    dientes    delanteros!!!,    porque    así    eran    los    tiempos    de    los matacaballoth,   avithpath,   thancudoth   y   cotejoth…   y   demás   sinónimos   de   Diana   (y   también, por ejemplo: los problemath thicológicoth de una pobre muchacha con nombre vathco). Luisito:   peleón   y   mordiéndose   (literalmente)   la   lengua   al   hacerlo.   Encantador-cautivador   de amigos;   la   chispa   de   toda   anécdota,   la   gracia   personificada   del   bien-caer   y   del   amargo punzón   de   lagrimones;      el   transformador   de   escobas   en   “palitos   chinos”   y   de   pedidos   de pan con mantequilla en granitos azucarados de aventuras de jardín. Luis   Enrique:   Bueno.   Confundido   en   bilingüismo,   nieto-ahijado   haciendo   sonreír   a   su Mayeya,   con   pedidos   formulados   a   la   inglesa:   “por   favor,   Mayeya,   si   fuera   posible   agarrar   una de sus naranjas…” ¡Agárrela mijo! y ¡hasta comérsela puede! Luis, quien (literalmente) empezó su vida ahumándose los techos de sus propios sueños. Hoy   mi   cuento,   nos   retrotrae   a   la   más   tierna   expresión   de   Luis,   la   de   Luisito   y   una   “mía” (que   era   solo   suya).   Y   así,   mi   único   hermano   varón,   a   quien   tanto   amo,   hoy   es   protagonista de   “ese   día”   en   que   se   ganó   el   trofeo   de   las   sonrisas   con   un   propio   y   muy   singular sinónimo, que jamás nadie olvidará... El abrir de los regalos En   su   lugar   predilecto,   del   literal   Oasis   de   su   casa,   nos   recibía   feliz   e   incondicionalmente. Con    cada    regalo    nuestro,    en    cada    miscelánea    ocasión    de    nuestro    obsequiarle,    los participantes, espectadores del evento, teníamos garantizados el placer de sus sonrisas. Solía tomarse todo el tiempo del mundo para “disfrutar más” (como decía él) del regalo. El   proceso   de   apertura   (¡de   cada   uno   de   esos   regalos!)   era   toda   una   laaaaarga   y   sistemática formalidad.   Divertidamente   exasperante,   una   pantomima   de   suspenso,   donde   el   regalo      desprovisto de su ornamental vestimenta –  ¡era (literalmente) lo de menos! Primero   tenía   que   tomar   el   bello   empaque   entre   sus   manos,   palpar   el   volumen   del   paquete, acariciar   la   textura   del   papel   y   comentar   sobre   la   calidad   del   envoltorio.   Luego   el   avalúo:   su estimado   verbal   de   peso   versus   tamaño/bulto   del   contenido.   Luego,   adivinaba   en   voz   alta   (y en   pura   broma)   lo   que   podría   ser.   La   primera   vez   decía   algo   totalmente   improbable   para provocar    reacciones…    Luego,    lo    sacudía    (versión    gráfica    de    la    jocosa    instrucción    de “agítese   antes   de   usar”)   y   se   lo   ponía   bien   cerca   de   una   oreja   a   efectos   de   detectar   si   había algún maraqueo, algo suelto que sonara y se auto-delatara con alguna clave. ¡Tantas   payasadas!   con   las   que   se   entretenía   genuinamente   en   el   preámbulo…   y   lo   que gozaba, siendo centro absoluto de aquél espectáculo pseudo-improvisado del desempacar. A   ver,   a   ver   otra   vez…   ¡a   ver   si   esta   sí   la   adivino….?    y   soltaba   entre   dientes   sonreídos   otra disparatada   sugerencia,   escrutando   y   anotando   mentalmente   nuestras   reacciones.   Sonreía   ¡siempre   sonreía!   –      ¡hasta   se   reía!   (el   arroz   chino   de   sus   expresiones)   y   con   ello   nos   ponía los   (humorísticos)   pelos   de   punta   a   todos,   pues   ¡cuánto   queríamos   que   terminara   de   abrirlo ¡ya!,    impacientes    por    verlo    complacido    con    nuestro    obsequio.    Y    ¡cómo    nos    gustaba regalarle!   Cuánto   gozábamos   (sin   confesarlo)   con   su   larguiiiiísimo   ritual   de   apertura.   Para él,   el   objeto   regalado   era   lo   de   menos,   pues   el   objeto   del   regalo   está   en   el   regalar   (y   añado yo: en el acto(s) que antecede el envoltorio). Jamás   dejó   que   lo   apuraran   en   el   desenvolver.   De   adivinanza   en   adivinanza,   se   pasaba “horas”.   ¡Claro   que   no   fueron   “horas-horas”!,   es   que   uno      –   joven   e   impaciente   –   ,   lo percibía así. El   regalo   siempre   ¡era   uno   de   Tiempo!   Tiempo   de   auténtico   deleite   y   de   demostraciones exageradas    de    ese    inmenso    deleite    que    le    producíamos;    por    eso    se    demoraba    lo    más posible, pensando y sopesando, adivinando contenido…. Especialista   en   darle   largas   al   “mientras   tanto”.      Daba   igual   qué   era…   lo   que   valía   era   el mientras tanto”  en tu compañía. Pliegue   tras   pliegue   del   papel   de   regalo,   lo   iba   pelando   con   total   delicadeza;   lentamente   de un    ladito,    despegaba    el    adhesivo    para    no    dañar    el    papel.    Amorosa,    esa    paciencia: ¡memorable! Típico (hoy en día lo entiendo ¡tan bien!) de quien no quiere que el momento termine. Guardaba,      –   de   eso   me   di   cuenta   años   más   tarde   –   ,   algún   lazo   o   papel   que   le   hubiese causado especial efecto; y guardadito quedaba, en su gaveta de los tesoros…. Me   confunde   el   tiempo.   Voy   y   vengo   en   mi   narrar   porque   así   es   el   recordar…   Pero   quiero que   volvamos   al   cuento   de   hoy:   al   del   regalo   de   un   carricito   (¡nunca   fue   “mocoso”!),   sin sus dientes delanteros. Luisito…. Mil novethientoth thetenta y algo… Por   fin,   logramos   que   saliera   a   la   luz   del   día   aquel   misterioso   y   cilíndrico   regalo.   ¿Te acuerdas, Diana? ¡Era un yesquero! No   era   un   yesquero   cualquiera…   y   sin   embargo   ¡sí,   claro   que   era   un   yesquero   cualquiera!, más    “cualquiera”    que    ninguno,    porque    era    un    yesquero    viejo,    ¡usado!,    que    ese     Luis (solitario,   ajeno   a   secretos   y   demás   cosas   de   hermanas   hembras),   jugando   solo   quizás,   se había encontrado, tirado por ahí…. Más   que   envuelto   lo   había   “enrollado”   en   una   hoja   arrugada   de   algún   papel   de   regalo descartado, pre-usado , ingenioso en la picardía, pueril en la inocencia de la improvisación. Un yesquero: ¿al cumpleañero? o ¿aguinaldo en Navidad? No me acuerdo la ocasión, pero impactó en intensidad. A   los   fines   poéticos   de   mi   cuento   (ya   que   a   fin   de   cuentas   ¡estamos   en   Navidad!),   digamos que, en efecto, ese yesquero fue un regalo “navideño”. Lo   cierto   es   que   recuerdo   ¡demasiado   bien!   la   iluminada   expresión   del   rostro   de   quien   lo recibió. ¡Pero   miento!,   porque   no   es   tanto   el   día   de   la   apertura   “oficial”   lo   que   recuerdo,   como ¡cada   vez!   que   repetía   (¡y   cuántas   veces   que   lo   hizo!)   el   cuento   del   regalo   del   yesquero.   La madre   de   las   sonrisas,   la   abuela   del   arroz   chino,   la   ternura   más   grande   que   jamás   vi   en   su asociar de Luis. El   valor   ¡tan   inmenso!   que   llegó   a   darle   a   aquél   yesquerito   ¿Te   acuerdas,   Diana?   ¡Era   un “Cricket”!   de   esos   de   plástico,   ¡desechables!   Los   vendían   en   los   kioskos   en   los   ´70   y   no costaban   (casi)   nada,   pero   éste   ni   siquiera   fue   comprado,   porque   ese   niño   obviamente   no tenía   dinero   propio   y   quizás   ni   sabía   que   los   crickets   eran   dethechableth.      Encuentro fortuito   de   algo   sin   vida   (sin   gas)   pero   al   alcance   del   momento;   no   servía   para   nada,   más que   ¡para   todo!:   para   ser   símbolo   de   su   contribución   al   evento.   Sabiduría   infantil   en   la interpretación   del   valor   de   la   intención   en   el   regalar.   Pero   ¿¡qué   va   a   saber   de   sinónimos,   ni de trascendencias filosóficas, quien  – sonámbulo y sin dientes –  no anda sin su “mía"!!? ¡Sí,   Luis!,   el   tuyo   fue   ¡el   mejor   de   los   regalos   que   jamás   recibió!   La   mejor   luz   de   todas   sus sonrisas. ¡Y cuanto se jactó de él y de ti! ¡Y      lo   guardó!,   ¿sabes?   ¡Toda   la   vida!,   Literalmente:   ahí   estuvo,   en   la   gaveta   de   sus   tesoros. Me   consta,   porque   allí   nos   lo   encontramos,   junto   con   ¡tantos   tesoros   nuestros!   30   y   no   cuántos    años   más   tarde,   cuando   fuimos   a   vaciar   esas   gavetas,   pues   él   ya   no   estaría   más   para seguir sonriéndose los arroces chinos de ese yesquero… Era anaranjado. Y    pasó    a    ser    EL     Yesquero”    (tal    como    EL     Pernil)    y    sin    nadie    saberlo    -o    quizás, precisamente   por   eso   mismo-,   se   convirtió   en   su   color   preferido.   “¡El   color   de   la   vida!”, diría   muchas   veces,      en   revividos   tiempos   antes   de   su   partir.   El   color   que   acentúa   los contrastes,   el   que   gana   los   conflictos,   el   opuesto   y   complemento   del   Gris   de   su   poética despedida… Espejismos Y   hubo   una   vez      –   y   de   esto   ¡sí   que   hace   ¡toda   una   vida!   –   :   el   tiempo   de   una   princesa. ¡Mucho más bella que Diana! “¡La más bella del reino!”, diría ese  espejo. ¡Josefina!: detenida etérea, cremoso reflejo indefinido de un mundo beige. Quizás      –   y   quizás   muy   ciertamente   –   ,   también   ella   le   habrá   hecho   sonreír   las   propias   luces de arroz chino, alguna vez… Esas   sí   que   no   las   vi   nunca,   pero   supongo   que   alguna   vez   habrán   podido   haber   sido, ¿Porqué? Pues, porque infiero y hasta recuerdo… Una   escena:   En   algún   lugar,   una   pareja   ¡bailando!   No   los   distingo   bien   pero   me   tocan   fibras de   mi   alma   de   poeta.      Y   se   transforma   el   ambiente   en   difuminadas   nostalgias,   al   percibir (sin   ver)   unas   sonrisas   que,   repentinamente,   han   iluminado   memorias   de   un   patio.   ¿Patio? No   sé,   es   que   a   lo   sumo   tendría   yo   unos   6   años…   probablemente   menos.   Solo   sé   que   estoy allí   y   creo   oír   música;   algo   bailable;   con   seguridad   un   vinil   de   33rpm,   llamado   long-play”   (digo   esto   y   del   tiro   "me   siento   abuela",   algo   que   jamás   seré);   sonaban   con   crujidos   y rayones y se quedaban “pegados” (a veces) haciendo reír o enfurecer, dependiendo… Como   “pegada”   se   me   quedó   esa   escena:   ¡deslumbrante!   Por   lo   que,   sin   esfuerzo,   me transporto encandilada al momento musical y me invade una intensidad de presencia: “¡Qué felices! -¡mis padres!-: ¡bailando juntos!” La escena, efímera, se acaba. Retrocedo   en   páginas   del   intangible   álbum   de   los   vapores   de   mis   memorias   y   discierno claroscuros   de   figuras.   No,   ¡¡¡no   son   anónimas!!!   Sé   muy   bien   quiénes   son,   por   los   cuentos que   vendrán;   pero   sí,   son   personajes   ensombrecidos   por   el   destello   de   los   protagonistas:   son sus complementos indirectos de sonrisas de tiempos mucho antes de yo haber nacido. Han   estado   patinando   (esas   sepias   figuras   de   la   foto).   Ahora   posan   en   un   trencito   de amistad.    ¿Mérida?    ¡¡¡Amigos!!!    Colegas    de    sonrisas,    lealtades    aferradas    en    juventud inmortalizada por Kodak. Atino   en   mis   reminiscencias,   porque   ¡sí,   debe   haber   sido   Navidad!   ….   ¿quién   patinaba   en esa época, si no era Navidad? Adolescentes   patinadores   posan,   en   reposo;   congeladas   las   sonrisas   desde   el   siempre   y   para siempre.   Y   yo,   curiosa,   en   contemplativa   madurez   de   escritora,   me   robo   el   clic   de   ese   flash y  – permeada del objetivo de ese instante – , escribo: “¡Qué feliz y enamorada…y joven…y risueña pareja: ¡esa que, muy pronto habrán de ser mis padres!” ¿Cómo?   ¿Cuándo?,   ¿Dónde…   dejan   de   hacernos   sonreír   las   mismas   cosas?   Mutuo,   el impulso   a   sonreír   ¡es   pura   complicidad!   Es   lealtad   la   que,   desaferrada   del   instante,   lo trasciende. Y   mientras   tanto,   los   he   capturado   in   fraganti    ¡en   sonrisas!,   en   el   justo   momento…Justo antes de que se difuminaran, desfiguradas (sin gas), hasta desvanecer del todo. ¡Pero   ahí   van!   Zas!   y   en   un   instante   se   han   ido,   como   tienden   a   irse   las   cosas   montadas   en los patines del apuro. Y   mi   cuento   termina   en   metáfora   de   asiáticos   arroces:   potpurrís   y   menjurges   agridulces donde hubiera podido  caber luz común: La luz de la poesía de las sonrisas. Porque,   en   el   sonreír   “en   reflejo”   de   la   sonrisa   causada,   se   alumbra   nuestra   vuelta   por   el círculo de la vida. Siempre   nos   traemos   de   regreso   al   punto   de   partida   a   quienes   nos   causaron   la   sonrisa genuina.    Y    a    esos    seres    siempre    nos    los    llevaremos    puestos,    envueltos,    enrollados, arrullados      –   abrigados   tesoros   –   ,   por   nuestros   recorridos   vitales.   Al   final   de   los   cuales     inexorablemente retornaremos a lo especial de aquel chispazo del instante de todo sonreír. Al   abrir   del   regalo,   al   abril   de   una   puerta,   al   abrir   de   un   objetivo,   al   abrir   un   libro   de poesías,   al   abrir   del   cajón   de   las   gavetas   de   los   tesoros,   no   importa   cuando….   Navidad   es   el espacio   sin   apuro,   el   instante   del   retorno;   el   tiempo   donde   ¡todo   es   luz!,   el   de   esa   sonrisa interiorizada   que   nos   confirma   lo   felices   que   estamos,   lo   felices   que   somos,   por   el   solo hecho de haber sabido hacernos sonreír. jazmin@iturrima.com
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Navidad en sinónimos Sinfonía de luz a 4 tiempos Lo más difícil de esta historia es comenzarla. ¿Cómo?, ¿Dónde? ¿¿¡Cuándo!?? El “¿Porqué?” ¡¡¡lo he intuido siempre!!!, mientras que el “¿Para qué?” dependerá un poco de ti. Bastaría una frase. Y ni siquiera es una frase: son solo dos palabras – y para mi ¡siempre irán juntas!– : compañeras de candidez y buen humor, del mismo modo que Feliz y Navidad son inseparables en Diciembre. Dos palabras, que no voy a revelar sin que antes me prometas que, al leerlas, le añadirás luz de su chispa, porque es solo en la deliciosa alegría de quien las pronuncia que se halla el feliz cuento de hoy. Dos palabras. Podrían perfectamente sustituir a “¡Feliz Navidad!” pero ¡mejor aún!, pues se aplican indistintamente a cumpleaños, bodas, graduaciones, arañas, matacaballos, cotejos, avispas,  zancudos…. ¡Ah! ¡Familia! ¡Celebración vital al fin! Solo dos palabras… y con ellas: ¡todo! lo bueno de ser. Solo dos palabras y entre ellas todo lo bueno del estar. Y ¡todo lo del medio!, eso inefable que hay en el aire de todo ¡preciosísimo! momento del compartir y que no cambiaríamos ¡jamás! por nada del mundo… Dos palabras y una voz: ¡Arroz chino! Si te hicieron sonreír ¡valen! Si te pusieron sentimental, ¡valen más aún! Si te dieron hambre: ¡buen provecho! Si te causaron curiosidad, sigue leyendo…. Primer tiempo: Diana Mercedes Mi bellísima hermana, la del bellísimo nombre. Inextricable del cuento de hoy, por ser inseparable del de mi vida (cual chino de su arroz). Dianita, “chinita” (¿o “japonesita”?), consentida de tu padrino-abuelo: das preámbulo a esta historia pues  – como eres todo un año y medio menor que yo (casi 19 meses, para ser más precisos) –  mi contar comienza un año y siete meses más cerca de todo. Un sinónimo. ¡Jazmín y Diana! ¡Jamás dijo “Diana y Jazmín”!, pues este es el típico caso donde el orden de los arroces, ¡sí altera la historia! Jazmín y Diana… Un contraste de contraltos en dueto que da, en ¡cuatro lustros! de dormitorio compartido: obligada camaradería y entrañable complicidad. Claro que la autoría intelectual del delito siempre fue mía y ¡vaya cómplice que me gasté! y cuán insufribles (para ti, Diana) como insaciables (para mí, Minci) aquellos inagotables cuestionamientos mafaldianos. Cosas veréis…. ¡Y ya, muy pronto, las veríamos!: cómo  – dando en la diana de la merced –  no hay como tú, Diana Mercedes, para salir galardonada de cada cuento. Y en revancha d'Artagnana, tu as de espada, verde-grama: ¡Come flechas! ¡y manzanas de odiseas Kawasakianas! ¡Ah buena vaina! (ser “el segundo”). La seguidilla. “Tonto” compañero de auto-proclamado llanero solitario…  Pero es que, sin Tonto no hay aventura que contar ¿verdad, Sancho? Hi oh Silver!, y eso que yo siempre creí que el indio era “Toro” y no “Tonto”… pero es que esas traducciones y los dialectos de la época, mijita, ¡dejan mucho que desear! ¡¡¡Jazmín y Diana!!!  Era una orden. Una orden ¡y en ese orden! Y yo, creyéndome gavilán, secuestré tus sombras del andar, luciéndome central en verbal destreza, malacrianzas y caprichos de primogénita durante todo un año y medio (casi 19 meses para ser precisos). Abuelita ¿le puyo el ojo? Golosa japonesita de abuelo consentidor Complaciente y obediente, zalamera y siempre anuente lucirás en estrabismo ante púgil orador. Sí… eran tiempos de metamorfosis, gasas antes de la revelación. ¡Ah, qué mundo tan ¡¡¡real!!! con princesa ¡medieval! Que, con alas de amarillas mariposas, va a volar… Y llegará la hora, en cronometrías de Oriflama, en que un espejito-espejito anunciará ¡en propio sol!, la nueva estrella. Zapatillas de cristal que, en tu bolsillo, atesoraras, – tan paciente cuan callada –  e irreverente al rencor… En bandera de oro inflamas, a espejitos de la fama, a que te confirmen, Diana: la noticia de furor. Y la más bella del baile. Impactando en tu debut, nos dejaste boquiabiertos a todos. Rostro y voz de quien corrobora opiniones de CAPital importancia. ¡Te botaste, Diana! sueños de princesa spenceriana, dieron coronación de ¡Reina!, duplicando tu belleza con regente timbre de la comunicación. Dos palabras: Diana ¡Iturriza! “La” ¡Noticia! Ah mundo ¡real! en el que  – con avidez de sinonimias –  se le busca dar sentido a añoranzas de simplicidad. Mundo ¡ideal!, que irá dando más y más vueltas…. Amarillo el pajarillo y mariposas de Macondo atraviesan por La Mancha en Rocinante cabalgar. Y en genética de azúcar, vas cumpliendo ("esclava" Isaura) los deberes de Panchito con narrares Mandefuás. Marca Registrada: tragicómicos SOS de exámenes de dibujo y una innovadora técnica de educación por osmosis, dieron el manual de cómo enriquecer neuronas, refugiando la cabeza bajo el peso de volúmenes del saber… ¡a media luz ¡y haciéndote la “bizca-gorda”!! ¡Touché, d'Artagnan! ¡Arroz chino, Diana! Pues con todo tu año y medio (¡19 meses!) de menor edad, tus alas te dieron la delantera y te vi volar de largo, liberada, aventajada en tolerancia, diplomacia, paciencia y esperanza. No hay como tú, Diana, para salir ¡coronada! de cualquier evento, pues tienes ese don de preservar, en alas, tu ángel. Para la Diana de ahora (con años luz de vuelo), en epístolas de este mundo nuevo, el de la comunicación social “instantánea”, donde ya nadie se habla “de verdad”…. Y será por eso que (quizás) no conozcas este cuento. Arroz chino, Diana… Es sinonimia de un exaltado prorrumpir metafórico: Un estallido de amor en el recuerdo. Es ¡luz! repentina, transformando la cara de quien exclama y es el regalo de lo intangible, genuinamente contagioso y alegre en la sonrisa producida. Cual candidez… ¡es Navidad! “¡Arrooooz chino!”, cantó al entrar…. Y con ello lo llevaré grabado, ¡feliz! y por siempre, cantando ¡tantas cosas más!: ¡Feliz Navidad!, ¡Feliz Año! ¡Merri críjmas! ¡Feliz día! ¡Feliz santo! ¡y cumpleaños! Soy feliz ¡¡¡y no hay tu tía!!! ¡Feliz “gracias”! ¡Feliz “siempre”! ¡Feliz “todo”! ¡Feliz yo! ¡¡Oh, ¡feliz-feliz! momento!! ¡¡Mira, Anita: ¡ya llegó!! ¡Feliz tiempo de visita! Feliz quien te recibió… Cuéntame mientras descansas, si tu viaje te cansó… ¡Cuánta gracia hay en tus cuentos!, con tus chistes soy feliz Y es que, aunque te pongas brava… ¡me da risa tu nariz! Es “te quiero”  Es ¡de nada! ¡Bienvenida a conversar! Es ¡qué bueno y divertido! que viniste a celebrar ¡Aquí estamos! ¡Qué divino! ¿Tienen hambre? ¡Sí señor! …y entre chistes “a lo chino” ¡un pelnil dio al ganador! La cuarta en llegar Para Carmen Evelia, mi hermana menor, tan menor que me confundió en maternidad. Tan involuntariamente distante como intensamente presente en toda su dolorosa ausencia. Fortuita con tu nacer. Bendita por el instante. Atino por ocurrencia y coincidencia del llamar. Supliste, en nombre, un vacío; y en sílabas de su hermana Llenarás como era “ella”: ¡Bella!, con B del amar. Baby-Carmen. Metáfora del ciclo de la vida en tu nacer. Melancólica la desnudez de Octubre en el que arribas, cuando el llanto es ocre y las hojas sabias. Floreciendo en primavera, te grabarás ¡joven para siempre!, en un deleite retratado: ¡inhalando margaritas! y con ello, sempiterna, nos devuelves a la vida aquél jardín de Golders Green. Interludio en la obertura. Y trasfondo que apacigua. Un reconciliar familia ¡en tan lejano lugar! Esperanza es el intento que deroga riña antigua para prevenir lamentos de otro ciego aterrizar. Melancólica es mi pluma, pues parcial es tu silencio y da ¡enteramente cierto! mi gemir- fraternidad. Desgarrada por el centro, dividida en medio-oíres… ¡media vida!, en que perdieras ¡mucho más que la mitad! Para ti Carmen Evelia, que inhalando primorosas margaritas, enraizaste madurez en Margarita. Metafórica y bendita es toda elíptica que nos trasporta (búmeran de la aventura vital) a nuestros propios inicios. Para ti, con navideño nutrir té  de “uno que otro sorbito” que tuviste que dejar de lado en tu alterno recorrer. Querida Baby, Una vez, en los felices “primeritos” inicios de los ´80, en la más especial de las Navidades que yo recuerde, le llegó un regalo. Fue ¡un pernil! Extraordinario. Inmenso, al punto de la exageración ¡y más allá! (parecían cosas mías). Presentado en impactante bandeja con decoración festiva. Recibido en alegoría de quien no lo espera, pero cosecha ¡y disfruta! con creces lo que siembra. Fue la tarde de una Nochebuena. Escuché el timbre de la puerta. No me lo vas a creer, pero no me acuerdo cómo sonaba ese timbre. ¡Ese timbre que tanto toqué y que le dio música a mis llegadas! La puerta de su casa Esa sí la recuerdo. Bien marcada con siglas que hoy en día traducen poesía: lo BenDito de su hogar junto con ¡tu número preferido, Baby! (de por medio): B7D. Ese día, en un abrir y cerrar de puertas, se materializó el chispazo de la sorpresa de un atinado regalo-alimento, en una fabulosa sonrisa navideña. Perfumado, tan delicado en condimento como tierno en su textura, horneado en la intensidad de los fogones del aprecio en reciprocidad y entregado con el detalle personal de un alma revitalizada, en gratitud. “La Navidad de El Pernil” ¡Sí, ya sé: un pernil no es arroz chino!, pero tampoco se distingue metafóricamente de él, porque es tan solo un sinónimo (de los que le gustan a Diana) de la luz y la sonrisa (¡que es mi arroz chino!), y que es a la vez el mero pigmento-condimento de escritora. Pues ¡Arroz chino! es algo así como “¡Mira lo que llegó!” o  – como pasará a la historia – : ¡Qué Feliz Navidad, aquella Navidad de aquél pernil! ¡¡Oh, ¡feliz-feliz! momento!!.... Porque ¿sabes Baby? en esa tarde de esa  Nochebuena de esa Navidad en la que felizmente coincidí con la llegada  de ese  manjar, el mundo era bueno y la felicidad era la convicción de haber llegado donde realmente eras bienvenida. A continuación…. Para Luisito, el vástago, dotado del arte de sacar de las casillas, quien también supo  – en un inefable momento de tierna parvulez – , causarle la más prolongada e iluminada de todas sus sonrisas. ¡La verdadera chithpa! Tercer tiempo: “Güethito” Así se pronuncia: ¡¡¡sin dientes delanteros!!!, porque así eran los tiempos de los matacaballoth, avithpath, thancudoth y cotejoth… y demás sinónimos de Diana (y también, por ejemplo: los problemath thicológicoth de una pobre muchacha con nombre vathco). Luisito: peleón y mordiéndose (literalmente) la lengua al hacerlo. Encantador-cautivador de amigos; la chispa de toda anécdota, la gracia personificada del bien-caer y del amargo punzón de lagrimones;  el transformador de escobas en “palitos chinos” y de pedidos de pan con mantequilla en granitos azucarados de aventuras de jardín. Luis Enrique: Bueno. Confundido en bilingüismo, nieto-ahijado haciendo sonreír a su Mayeya, con pedidos formulados a la inglesa: “por favor, Mayeya, si fuera posible agarrar una de sus naranjas…” ¡Agárrela mijo! y ¡hasta comérsela puede! Luis, quien (literalmente) empezó su vida ahumándose los techos de sus propios sueños. Hoy mi cuento, nos retrotrae a la más tierna expresión de Luis, la de Luisito y una “mía” (que era solo suya). Y así, mi único hermano varón, a quien tanto amo, hoy es protagonista de “ese día” en que se ganó el trofeo de las sonrisas con un propio y muy singular sinónimo, que jamás nadie olvidará... El abrir de los regalos En su lugar predilecto, del literal Oasis de su casa, nos recibía feliz e incondicionalmente. Con cada regalo nuestro, en cada miscelánea ocasión de nuestro obsequiarle, los participantes, espectadores del evento, teníamos garantizados el placer de sus sonrisas. Solía tomarse todo el tiempo del mundo para “disfrutar más” (como decía él) del regalo. El proceso de apertura (¡de cada uno de esos regalos!) era toda una laaaaarga y sistemática formalidad. Divertidamente exasperante, una pantomima de suspenso, donde el regalo  – desprovisto de su ornamental vestimenta –  ¡era (literalmente) lo de menos! Primero tenía que tomar el bello empaque entre sus manos, palpar el volumen del paquete, acariciar la textura del papel y comentar sobre la calidad del envoltorio. Luego el avalúo: su estimado verbal de peso versus tamaño/bulto del contenido. Luego, adivinaba en voz alta (y en pura broma) lo que podría ser. La primera vez decía algo totalmente improbable para provocar reacciones… Luego, lo sacudía (versión gráfica de la jocosa instrucción de “agítese antes de usar”) y se lo ponía bien cerca de una oreja a efectos de detectar si había algún maraqueo, algo suelto que sonara y se auto-delatara con alguna clave. ¡Tantas payasadas! con las que se entretenía genuinamente en el preámbulo… y lo que gozaba, siendo centro absoluto de aquél espectáculo pseudo-improvisado del desempacar. A ver, a ver otra vez… ¡a ver si esta sí la adivino….? y soltaba entre dientes sonreídos otra disparatada sugerencia, escrutando y anotando mentalmente nuestras reacciones. Sonreía – ¡siempre sonreía! –  ¡hasta se reía! (el arroz chino de sus expresiones) y con ello nos ponía los (humorísticos) pelos de punta a todos, pues ¡cuánto queríamos que terminara de abrirlo ¡ya!, impacientes por verlo complacido con nuestro obsequio. Y ¡cómo nos gustaba regalarle! Cuánto gozábamos (sin confesarlo) con su larguiiiiísimo ritual de apertura. Para él, el objeto regalado era lo de menos, pues el objeto del regalo está en el regalar (y añado yo: en el acto(s) que antecede el envoltorio). Jamás dejó que lo apuraran en el desenvolver. De adivinanza en adivinanza, se pasaba “horas”. ¡Claro que no fueron “horas-horas”!, es que uno  – joven e impaciente – , lo percibía así. El regalo siempre ¡era uno de Tiempo! Tiempo de auténtico deleite y de demostraciones exageradas de ese inmenso deleite que le producíamos; por eso se demoraba lo más posible, pensando y sopesando, adivinando contenido…. Especialista en darle largas al “mientras tanto”.  Daba igual qué era… lo que valía era “el mientras tanto” en tu compañía. Pliegue tras pliegue del papel de regalo, lo iba pelando con total delicadeza; lentamente de un ladito, despegaba el adhesivo para no dañar el papel. Amorosa, esa paciencia: ¡memorable! Típico (hoy en día lo entiendo ¡tan bien!) de quien no quiere que el momento termine. Guardaba,  – de eso me di cuenta años más tarde – , algún lazo o papel que le hubiese causado especial efecto; y guardadito quedaba, en su gaveta de los tesoros…. Me confunde el tiempo. Voy y vengo en mi narrar porque así es el recordar… Pero quiero que volvamos al cuento de hoy: al del regalo de un carricito (¡nunca fue “mocoso”!), sin sus dientes delanteros. Luisito…. Mil novethientoth thetenta y algo… Por fin, logramos que saliera a la luz del día aquel misterioso y cilíndrico regalo. ¿Te acuerdas, Diana? ¡Era un yesquero! No era un yesquero cualquiera… y sin embargo ¡sí, claro que era un yesquero cualquiera!, más “cualquiera” que ninguno, porque era un yesquero viejo, ¡usado!, que ese Luis (solitario, ajeno a secretos y demás cosas de hermanas hembras), jugando solo quizás, se había encontrado, tirado por ahí…. Más que envuelto lo había “enrollado” en una hoja arrugada de algún papel de regalo descartado, pre-usado, ingenioso en la picardía, pueril en la inocencia de la improvisación. Un yesquero: ¿al cumpleañero? o ¿aguinaldo en Navidad? No me acuerdo la ocasión, pero impactó en intensidad. A los fines poéticos de mi cuento (ya que a fin de cuentas ¡estamos en Navidad!), digamos que, en efecto, ese yesquero fue un regalo “navideño”. Lo cierto es que recuerdo ¡demasiado bien! la iluminada expresión del rostro de quien lo recibió. ¡Pero miento!, porque no es tanto el día de la apertura “oficial” lo que recuerdo, como ¡cada vez! que repetía (¡y cuántas veces que lo hizo!) el cuento del regalo del yesquero. La madre de las sonrisas, la abuela del arroz chino, la ternura más grande que jamás vi en su asociar de Luis. El valor ¡tan inmenso! que llegó a darle a aquél yesquerito ¿Te acuerdas, Diana? ¡Era un “Cricket”! de esos de plástico, ¡desechables! Los vendían en los kioskos en los ´70 y no costaban (casi) nada, pero éste ni siquiera fue comprado, porque ese niño obviamente no tenía dinero propio y quizás ni sabía que los crickets eran dethechableth.  Encuentro fortuito de algo sin vida (sin gas) pero al alcance del momento; no servía para nada, más que ¡para todo!: para ser símbolo de su contribución al evento. Sabiduría infantil en la interpretación del valor de la intención en el regalar. Pero ¿¡qué va a saber de sinónimos, ni de trascendencias filosóficas, quien  – sonámbulo y sin dientes –  no anda sin su “mía"!!? ¡Sí, Luis!, el tuyo fue ¡el mejor de los regalos que jamás recibió! La mejor luz de todas sus sonrisas. ¡Y cuanto se jactó de él y de ti! ¡Y  lo guardó!, ¿sabes? ¡Toda la vida!, Literalmente: ahí estuvo, en la gaveta de sus tesoros. Me consta, porque allí nos lo encontramos, junto con ¡tantos tesoros nuestros! 30 y no sé cuántos años más tarde, cuando fuimos a vaciar esas gavetas, pues él ya no estaría más para seguir sonriéndose los arroces chinos de ese yesquero… Era anaranjado. Y pasó a ser “EL Yesquero” (tal como EL  Pernil) y sin nadie saberlo -o quizás, precisamente por eso mismo-, se convirtió en su color preferido. “¡El color de la vida!”, diría muchas veces,  en revividos tiempos antes de su partir. El color que acentúa los contrastes, el que gana los conflictos, el opuesto y complemento del Gris de su poética despedida… Espejismos Y hubo una vez  – y de esto ¡sí que hace ¡toda una vida! – : el tiempo de una princesa. ¡Mucho más bella que Diana! “¡La más bella del reino!”, diría ese  espejo. ¡Josefina!: detenida etérea, cremoso reflejo indefinido de un mundo beige. Quizás  – y quizás muy ciertamente – , también ella le habrá hecho sonreír las propias luces de arroz chino, alguna vez… Esas sí que no las vi nunca, pero supongo que alguna vez habrán podido haber sido, ¿Porqué? Pues, porque infiero y hasta recuerdo… Una escena: En algún lugar, una pareja ¡bailando! No los distingo bien pero me tocan fibras de mi alma de poeta.  Y se transforma el ambiente en difuminadas nostalgias, al percibir (sin ver) unas sonrisas que, repentinamente, han iluminado memorias de un patio. ¿Patio? No sé, es que a lo sumo tendría yo unos 6 años… probablemente menos. Solo sé que estoy allí y creo oír música; algo bailable; con seguridad un vinil de 33rpm, llamado long-play” (digo esto y del tiro "me siento abuela", algo que jamás seré); sonaban con crujidos y rayones y se quedaban “pegados” (a veces) haciendo reír o enfurecer, dependiendo… Como “pegada” se me quedó esa escena: ¡deslumbrante! Por lo que, sin esfuerzo, me transporto encandilada al momento musical y me invade una intensidad de presencia: “¡Qué felices! -¡mis padres!-: ¡bailando juntos!” La escena, efímera, se acaba. Retrocedo en páginas del intangible álbum de los vapores de mis memorias y discierno claroscuros de figuras. No, ¡¡¡no son anónimas!!! Sé muy bien quiénes son, por los cuentos que vendrán; pero sí, son personajes ensombrecidos por el destello de los protagonistas: son sus complementos indirectos de sonrisas de tiempos mucho antes de yo haber nacido. Han estado patinando (esas sepias figuras de la foto). Ahora posan en un trencito de amistad. ¿Mérida? ¡¡¡Amigos!!! Colegas de sonrisas, lealtades aferradas en juventud inmortalizada por Kodak. Atino en mis reminiscencias, porque ¡sí, debe haber sido Navidad! …. ¿quién patinaba en esa época, si no era Navidad? Adolescentes patinadores posan, en reposo; congeladas las sonrisas desde el siempre y para siempre. Y yo, curiosa, en contemplativa madurez de escritora, me robo el clic de ese flash y  – permeada del objetivo de ese instante – , escribo: “¡Qué feliz y enamorada…y joven…y risueña pareja: ¡esa que, muy pronto habrán de ser mis padres!” ¿Cómo? ¿Cuándo?, ¿Dónde… dejan de hacernos sonreír las mismas cosas? Mutuo, el impulso a sonreír ¡es pura complicidad! Es lealtad la que, desaferrada del instante, lo trasciende. Y mientras tanto, los he capturado in fraganti ¡en sonrisas!, en el justo momento…Justo antes de que se difuminaran, desfiguradas (sin gas), hasta desvanecer del todo. ¡Pero ahí van! Zas! y en un instante se han ido, como tienden a irse las cosas montadas en los patines del apuro. Y mi cuento termina en metáfora de asiáticos arroces: potpurrís y menjurges agridulces donde hubiera podido caber luz común: La luz de la poesía de las sonrisas. Porque, en el sonreír “en reflejo” de la sonrisa causada, se alumbra nuestra vuelta por el círculo de la vida. Siempre nos traemos de regreso al punto de partida a quienes nos causaron la sonrisa genuina. Y a esos seres siempre nos los llevaremos puestos, envueltos, enrollados, arrullados  – abrigados tesoros – , por nuestros recorridos vitales. Al final de los cuales  inexorablemente retornaremos a lo especial de aquel chispazo del instante de todo sonreír. Al abrir del regalo, al abril de una puerta, al abrir de un objetivo, al abrir un libro de poesías, al abrir del cajón de las gavetas de los tesoros, no importa cuando…. Navidad es el espacio sin apuro, el instante del retorno; el tiempo donde ¡todo es luz!, el de esa sonrisa interiorizada que nos confirma lo felices que estamos, lo felices que somos, por el solo hecho de haber sabido hacernos sonreír. jazmin@iturrima.com
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