“¡No nos podemos quedar de brazos cruzados!”   Genuinamente inspiradora, altruista y bien intencionada, en sinonímico reflejo de su juventud, así es mi sobrina Daniela. Con el atino involuntario de un acto reflejo que coincide con la amplitud de un vocabulario precoz, Daniela nació con la gracia de lo coloquial y se luce completándote tus frases con un repertorio de refranes criollo-costumbristas que –de su boca– impactan como si los escucharas por vez primera. No en balde logra que caigas en la más profunda de las introspecciones filosóficas para pasar a cuestionar (y luego derogar ¡¡¡del todo!!!) cuanto precepto existencial hubiera regido en tu vida antes de esa jovial interjección. Siempre recordaré la primera de las suyas, brotada del refrescante candor de quien –no habiendo alcanzado aún su primer lustro de vida–  intuye que lo que va a decirte es una bomba de verdad incontrovertible: “tía Minci”  dijo (cómplice en la picardía):¡¡¡Nada!!! es para siempre! ¡Cuánta verdad! Y con cuantas de esas verdades hemos “madurado” desde entonces… Por razones del destino, pasé muchos años sin disfrutar de las ocurrencias de tan locuaz sobrina; mismas razones que la traen hoy a colación. Y es que, hace unos días, me reencontré con Daniela. Hoy veinteañera, sigue siendo la de antes: inspiradora, altruista, bien-intencionada. Pero ahora, los pasos de su vital andar la han llevado a ser estudiante universitaria, y –compelida por su extrema sensibilidad–, se manifiesta abiertamente en defensa de los derechos ciudadanos, con los que se ha comprometido (hasta sus entrañas) en nobles causas de Justicia y de Verdad. Sin entrar en el incendiario tema que lo causara, cito su exasperación: “…Pero tía Minci: ¡Alguien tiene que hacer “algo”! “¡No podemos quedarnos todos de brazos cruzados!” Y, como de costumbre, me puso a pensar…   “¡No es Posible… Quedarse De Brazos Cruzados!”   No es “posible” o… ¿no es loable o aconsejable? ¡No necesariamente es fácil, ni intuitivo! ¡¿“Quedarnos”?!... en el sentido de indiferencia y en inerte estática del reposo, ¡definitivamente no!; pero… A veces es más difícil abstenerse de actuar y subyugar la efervescencia del impulso que irse de bruces a la acción. La más de las veces el actuar ofuscado por la pasión nos hace errar; y errar –por más humano y remendable que sea– en ocasiones nos revierte la tortilla, dando resultados ¡totalmente! innecesarios, impertinentes y/o –en el mejor de los casos– produciendo una tangente dolorosa, muestra de relativo valor didáctico. Hubo una vez un lugar en el que yo también fui joven, tan joven como se es posible ser sin caer en redes de consciencia perimetral. Hubo una vez un entonces en el que esa misma vehemencia de Daniela era mía; y esa visión– otrora libre de la responsabilidad de la experiencia– volaba, cual Salvadora de Gaviotas, retando impedimentos y trascendiendo fronteras de tul de mi soñar. ¡Vaya lugar de mis añoranzas!, donde la suscrita pensaba y hablaba (¡bien fuerte, por cierto!) ¡convencida! de que ¿¡cómo no iba a ser posible cambiar al mundo!?   ¡Cuánta certeza (la de entonces) en ese –mi personal– granito de arena! Sintiéndome  experta calificada en eso del actuar “descruzado de brazos” y míticamente auto-potenciada, mi lema era: ¡prepárate, mundo, que ahí vengo yo! ¡Y ahí iba!: con la pasión (¡y el ruido!) de una locomotora: lista, presta y ansiosa para poner mis ¡manos a la obra! a la construcción de un mundo –no solo “mejor” –, sino mejorado por la (muy sobrestimada) semilla de ¡mi contribución! Pues… El progreso es meta lógica, ineludible y cuestión de superación de prejuicios, egoísmos, perezas y miopías psicológicas. ¿La mediocridad y el status quo? inaceptable e ¡insostenible! La ignorancia y la corrupción: medioeval anacronismo, con fecha de vencimiento inminente. La Justicia: virtud indiscutible, inherente, incondicionada e inseparable de la libertad de acción. La Verdad: ¡justa!, asequible a todos por igual y transmitida por contagio virulento, en epidémicas proporciones. Nuestro destino como Humanidad: vivir nuestras vidas intercambiando síntomas del “Síndrome de los Utópicos”, irreversiblemente transmutado en genética para la posteridad. ¡Definitivamente que Altruismo y Juventud son sinónimos! ¡Y cuán cínica me siento al darme cuenta que  la “madurez” –cáustico escepticismo producto de la experiencia–, hace satirizar Idealismo! ¡Juventud!… ¿Será que La Juventud es, en efecto, el divino y efímero “tesoro” de Rubén Darío?  Y  que su pérdida se mide, con la indulgencia de Machado, en el reconteo de las huellas de tu andar? Con el genio de su chispa, Bernard Shaw la satiriza como “deficiencia” en el proceso de la vida: parábola-carencia que “solo la cura el tiempo”.  El tiempo… ¿El tiempo? ¿y qué llamarán “curarse”? Y así doy por abierta la polémica: más en filosófica retórica que con reales expectativas de lograr cerrar satisfactoriamente tan vital cuestionamiento. Aún me siento abrumada por el reciente reclamo de tan genuina indignación de mi tierna sobrina. Tanto… que (atónita) me rendí impotente. Deber ser efecto secundario de los primeros signos “curativos” de mi incipiente madurez.  Buscando reparar este incómodo estado de parálisis argumental  – so pena de intoxicarme con la narcótica anestesia de la indiferencia crónica–, decidí abrir la ventana metafórica que libera los prejuicios de visión retrospectiva, para buscar el norte alegórico, filantrópico y futurista del tesoro primaveral de las Danielas con las que cuentan los poetas del mundo. “¡No podemos quedarnos de brazos cruzados, tía Minci!”   Y empieza el debate…   ¡Si vieras mis brazos, Daniela! ¡Rasgados! Quebrados, dolidos, cansados… Mis dedos doblados, en puño frustrado apretando el esfuerzo truncado.   Acabo de escribir esto y, por asociación inmediata, fluyen reminiscentes epítetos de hilos y de gasas. ¡Ah!: Andrés Eloy y sus metafóricas celulosas, empapadas del más profundo de los lamentos melancólicos…   “Dijo un hombre a la Hilandera, en la puerta de su casa…”   Querida Daniela, Como todos los cierres en la vida, el de mi ensayo de hoy también tiene la apariencia de haberse hilvanado solo; pero… subliminalmente, el camino me ha traído a hilar brazos  ansiosos y cruzarlos ¡con poesía! Pues en la poesía hay un ¡Blanco! de balsámicas gasas y una Hilandera, que –hilando– repara visiones… En nostalgias de Rubén Darío, revivimos la joya etérea del hilo evanescente del romance y la ilusión. Y al final del tejer, se suavizan las puntadas vehementes de los inicios, para anudarse en el risueño trenzado del humor –resumen indulgente de las “metidas de pata” de nuestro andar–  que corona la experiencia de la madurez. Por eso, Daniela,  termino –no con el lazo de la gasa del lamento con el que empecé, sino con el brocado de su metamorfosis: ¡encaje chantilly!, dulce como aquellas cerecitas glaseadas de aquellos tiempos de tu “nada es para siempre”… ¡metafóricos rubíes! de tu goloso candor.   Epílogo Una vez, en Santander, ¡España!, hubo un sabio, joven y altruista ¡octogenario!, con quien coincidí en una hermosa playa, mientras andábamos –cada uno por su cuenta–  haciendo caminos y dejando nuestras respectivas hendiduras en la arena. Coincidencia cósmica en azules de poetas. ¡Manolo! Manolo apareció en mi vida –hilandero del recuento–,  para re-iluminar visiones. Entre una cosa y otra (¡tanta dulzura en su expresar!), soltó una de esas frases-reflejo (impactantes como las tuyas, Daniela) que me ha dejado pensando todos estos años. Y lo cito textualmente, en su impecable y castiza gramática, tan solo lamentando no poder reproducir la encantadora voz de quien ¡aún es joven!, a los ochenta-y-tantos…   “Vosotros, los poetas… ¡sois quienes cambiáis al mundo!” ¡No, Daniela! ¡No! No podemos, no debemos, no queremos, no nos conviene “quedarnos de brazos cruzados”… ni permanecer llorando el lamento, en ceguera vendada. Por eso es que hoy –sin desbaratar encajes de experiencia– me sorprendo a mi misma re- hilvanando altruismo, reanimada por el hilo del humor en madurez. No lo dije yo, sino el Poeta: la meta es el camino mismo y cada paso hacia adelante ¡es un propio descruzarse de brazos! En mi andar de ahora, no hay atropello avasallante. Solo quiero dejar impresas huellas, color de La Poesía, que  –dicen los que saben de eso –: ¡es la que es capaz de cambiar al  mundo!       jazmin@iturrima.com
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  “¡No nos podemos quedar de brazos cruzados!”   Genuinamente inspiradora, altruista y bien intencionada, en sinonímico reflejo de su juventud, así es mi sobrina Daniela. Con el atino involuntario de un acto reflejo que coincide con la amplitud de un vocabulario precoz, Daniela nació con la gracia de lo coloquial y se luce completándote tus frases con un repertorio de refranes criollo- costumbristas que –de su boca– impactan como si los escucharas por vez primera. No en balde logra que caigas en la más profunda de las introspecciones filosóficas para pasar a cuestionar (y luego derogar ¡¡¡del todo!!!) cuanto precepto existencial hubiera regido en tu vida antes de esa jovial interjección. Siempre recordaré la primera de las suyas, brotada del refrescante candor de quien –no habiendo alcanzado aún su primer lustro de vida–  intuye que lo que va a decirte es una bomba de verdad incontrovertible: “tía Minci”  dijo (cómplice en la picardía):¡¡¡Nada!!! es para siempre! ¡Cuánta verdad! Y con cuantas de esas verdades hemos “madurado” desde entonces… Por razones del destino, pasé muchos años sin disfrutar de las ocurrencias de tan locuaz sobrina; mismas razones que la traen hoy a colación. Y es que, hace unos días, me reencontré con Daniela. Hoy veinteañera, sigue siendo la de antes: inspiradora, altruista, bien- intencionada. Pero ahora, los pasos de su vital andar la han llevado a ser estudiante universitaria, y –compelida por su extrema sensibilidad–, se manifiesta abiertamente en defensa de los derechos ciudadanos, con los que se ha comprometido (hasta sus entrañas) en nobles causas de Justicia y de Verdad. Sin entrar en el incendiario tema que lo causara, cito su exasperación: “…Pero tía Minci: ¡Alguien tiene que hacer “algo”! “¡No podemos quedarnos todos de brazos cruzados!” Y, como de costumbre, me puso a pensar…   “¡No es Posible… Quedarse De Brazos Cruzados!”   No es “posible” o… ¿no es loable o aconsejable? ¡No necesariamente es fácil, ni intuitivo! ¡¿“Quedarnos”?!... en el sentido de indiferencia y en inerte estática del reposo, ¡definitivamente no!; pero… A veces es más difícil abstenerse de actuar y subyugar la efervescencia del impulso que irse de bruces a la acción. La más de las veces el actuar ofuscado por la pasión nos hace errar; y errar –por más humano y remendable que sea– en ocasiones nos revierte la tortilla, dando resultados ¡totalmente! innecesarios, impertinentes y/o –en el mejor de los casos– produciendo una tangente dolorosa, muestra de relativo valor didáctico. Hubo una vez un lugar en el que yo también fui joven, tan joven como se es posible ser sin caer en redes de consciencia perimetral. Hubo una vez un entonces en el que esa misma vehemencia de Daniela era mía; y esa visión– otrora libre de la responsabilidad de la experiencia– volaba, cual Salvadora de Gaviotas, retando impedimentos y trascendiendo fronteras de tul de mi soñar. ¡Vaya lugar de mis añoranzas!, donde la suscrita pensaba y hablaba (¡bien fuerte, por cierto!) ¡convencida! de que ¿¡cómo no iba a ser posible cambiar al mundo!?   ¡Cuánta certeza (la de entonces) en ese –mi personal– granito de arena! Sintiéndome  experta calificada en eso del actuar “descruzado de brazos” y míticamente auto-potenciada, mi lema era: ¡prepárate, mundo, que ahí vengo yo! ¡Y ahí iba!: con la pasión (¡y el ruido!) de una locomotora: lista, presta y ansiosa para poner mis ¡manos a la obra! a la construcción de un mundo –no solo “mejor” –, sino mejorado por la (muy sobrestimada) semilla de ¡mi contribución! Pues… El progreso es meta lógica, ineludible y cuestión de superación de prejuicios, egoísmos, perezas y miopías psicológicas. ¿La mediocridad y el status quo? inaceptable e ¡insostenible! La ignorancia y la corrupción: medioeval anacronismo, con fecha de vencimiento inminente. La Justicia: virtud indiscutible, inherente, incondicionada e inseparable de la libertad de acción. La Verdad: ¡justa!, asequible a todos por igual y transmitida por contagio virulento, en epidémicas proporciones. Nuestro destino como Humanidad: vivir nuestras vidas intercambiando síntomas del “Síndrome de los Utópicos”, irreversiblemente transmutado en genética para la posteridad. ¡Definitivamente que Altruismo y Juventud son sinónimos! ¡Y cuán cínica me siento al darme cuenta que  la “madurez” –cáustico escepticismo producto de la experiencia–, hace satirizar Idealismo! ¡Juventud!… ¿Será que La Juventud es, en efecto, el divino y efímero “tesoro” de Rubén Darío?  Y  que su pérdida se mide, con la indulgencia de Machado, en el reconteo de las huellas de tu andar? Con el genio de su chispa, Bernard Shaw la satiriza como “deficiencia” en el proceso de la vida: parábola- carencia que “solo la cura el tiempo”.  El tiempo… ¿El tiempo? ¿y qué llamarán “curarse”? Y así doy por abierta la polémica: más en filosófica retórica que con reales expectativas de lograr cerrar satisfactoriamente tan vital cuestionamiento. Aún me siento abrumada por el reciente reclamo de tan genuina indignación de mi tierna sobrina. Tanto… que (atónita) me rendí impotente. Deber ser efecto secundario de los primeros signos “curativos” de mi incipiente madurez.  Buscando reparar este incómodo estado de parálisis argumental  – so pena de intoxicarme con la narcótica anestesia de la indiferencia crónica–, decidí abrir la ventana metafórica que libera los prejuicios de visión retrospectiva, para buscar el norte alegórico, filantrópico y futurista del tesoro primaveral de las Danielas con las que cuentan los poetas del mundo. “¡No podemos quedarnos de brazos cruzados, tía Minci!”   Y empieza el debate…   ¡Si vieras mis brazos, Daniela! ¡Rasgados! Quebrados, dolidos, cansados… Mis dedos doblados, en puño frustrado apretando el esfuerzo truncado.   Acabo de escribir esto y, por asociación inmediata, fluyen reminiscentes epítetos de hilos y de gasas. ¡Ah!: Andrés Eloy y sus metafóricas celulosas, empapadas del más profundo de los lamentos melancólicos…   “Dijo un hombre a la Hilandera, en la puerta de su casa…”   Querida Daniela, Como todos los cierres en la vida, el de mi ensayo de hoy también tiene la apariencia de haberse hilvanado solo; pero… subliminalmente, el camino me ha traído a hilar brazos ansiosos y cruzarlos ¡con poesía! Pues en la poesía hay un ¡Blanco! de balsámicas gasas y una Hilandera, que –hilando– repara visiones… En nostalgias de Rubén Darío, revivimos la joya etérea del hilo evanescente del romance y la ilusión. Y al final del tejer, se suavizan las puntadas vehementes de los inicios, para anudarse en el risueño trenzado del humor –resumen indulgente de las “metidas de pata” de nuestro andar–  que corona la experiencia de la madurez. Por eso, Daniela,  termino –no con el lazo de la gasa del lamento con el que empecé, sino con el brocado de su metamorfosis: ¡encaje chantilly!, dulce como aquellas cerecitas glaseadas de aquellos tiempos de tu “nada es para siempre” ¡metafóricos rubíes! de tu goloso candor.   Epílogo Una vez, en Santander, ¡España!, hubo un sabio, joven y altruista  ¡octogenario!, con quien coincidí en una hermosa playa, mientras andábamos –cada uno por su cuenta–  haciendo caminos y dejando nuestras respectivas hendiduras en la arena. Coincidencia cósmica en azules de poetas. ¡Manolo! Manolo apareció en mi vida –hilandero del recuento–,  para re- iluminar visiones. Entre una cosa y otra (¡tanta dulzura en su expresar!), soltó una de esas frases-reflejo (impactantes como las tuyas, Daniela) que me ha dejado pensando todos estos años. Y lo cito textualmente, en su impecable y castiza gramática, tan solo lamentando no poder reproducir la encantadora voz de quien ¡aún es joven!, a los ochenta-y-tantos…   “Vosotros, los poetas… ¡sois quienes cambiáis al mundo!” ¡No, Daniela! ¡No! No podemos, no debemos, no queremos, no nos conviene “quedarnos de brazos cruzados”… ni permanecer llorando el lamento, en ceguera vendada. Por eso es que hoy –sin desbaratar encajes de experiencia– me sorprendo a mi misma re-hilvanando altruismo, reanimada por el hilo del humor en madurez. No lo dije yo, sino el Poeta: la meta es el camino mismo y cada paso hacia adelante ¡es un propio descruzarse de brazos! En mi andar de ahora, no hay atropello avasallante. Solo quiero dejar impresas huellas, color de La Poesía, que  –dicen los que saben de eso –: ¡es la que es capaz de cambiar al  mundo!       jazmin@iturrima.com
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